Acercándonos al Día del Autismo… El estigma se pinta de azul

No hay nada de vergonzante ni deshonroso en el autismo, ni tampoco en identificarse abiertamente y con toda la naturalidad del mundo… Al contrario. Pero sí es una falta de dignidad ser coaccionados a hacerlo, y por eso me pareció importante dar mi opinión en primera persona, en acuerdo con lo manifestado por Daniel Comín en La Gestapo de los balcones.

No me molesta decir que soy autista. Hace un tiempo y hasta que se estropeó, usé asiduamente una remera con la leyenda: «Empoderamiento asperger: sus prejuicios podrían verse afectados». La usaba porque, desde mi libertad de elección, sentía que era una forma de mostrar que la neurodiversidad existe y es natural. Pero algo muy diferente hubiera sido tener que llevar una remera que diga mi diagnóstico, porque si no lo hacía, corría riesgo de agresión.

Ante esto, todo el colectivo del autismo en todas sus edades y diferentes lazos familiares, se ven en el dilema de arriesgarse a salir sin distintivos y ser agredidos, o aceptar llevar una identificación que si no hubiera riesgo de represalias no llevaría Los adultos no podemos decir que sea desde nuestra libertad de elección, el exponer el diagnóstico ─porque fuimos coaccionados por un sector de la sociedad─, y si hablamos de los niños ellos directamente no han tenido ni voz ni voto. Porque, no olvidemos que mucho antes de la cuarentena, hubo niños a los que les pusieron distintivos ─remeras, carteles─, para que a sus padres no les echaran alguna mirada prejuiciosa en la vía pública. Y aquí es cuando nos tenemos que preguntar si realmente estamos respetando a nuestros hijos, cuando decidimos «marcarlos» solo para que la doña de ruleros que está en el asiento del subte no nos mire mal.

Yo también soy madre, y he sostenido a mi hijo durante berrinches descomunales. Pero el ser autista me dotó de la inigualable capacidad de no enterarme de si alguien me mira mal en la vía pública, y también de que esa posibilidad me importe tanto como si a mi vecina se le rompió una uña. Lo que realmente me importa es cómo la está pasando mi hijo, y espero que el día de mañana a él también le siga dando lo mismo la mirada de los demás, y también me preocupa que entienda que el autismo es una condición natural, no un estigma por el cual debe ser marcado.

Por último, y más allá de si nos parece que esta medida ayuda o perjudica: ¿realmente somos tan inocentes como para pensar que una persona que es capaz de escupir o tirarle huevos a un niño, es capaz de contar con un mínimo de empatía, porque se dé cuenta de que el niño es autista? ¿Creen que esas personas se van a acercar a sus hijos, con el odio es sus ojos y la saliva preparada para escupirlo, y que cuando vea que tiene un pañuelo azul le broten sentimientos agradables y les desee una buena jornada?

Cómo sea, en esta sociedad aún falta mucho para que seamos inclusivos y empáticos. Y, mientras la falta de criterio y solidaridad siga existiendo, el estigma se irá pintando de diferentes colores… Hoy le toca al azul.

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