Los niños de Asperger: los orígenes del autismo en la Viena nazi

Este libro reconstruye la historia del autismo mostrando que su formulación como diagnóstico infantil no fue un proceso neutro, sino que estuvo profundamente entrelazado con la psiquiatría nazi, la eugenesia y los programas de exterminio de niñas y niños catalogados como “defectuosos”.

¿Qué nos dice la idea central del libro?

los niños de aspergerSheffer presenta el Tercer Reich como un “régimen de diagnóstico”: el Estado clasificaba a la población según raza, conducta, salud mental y “capacidad de comunidad” para decidir quién merecía vivir, ser educado o ser eliminado. En ese contexto, el autismo no surge simplemente como una descripción clínica de niños aislados, sino como una categoría que ayudaba a distinguir entre quienes podían ser “reformados” para servir al Volk y quienes eran considerados “vidas indignas de ser vividas”.​

El libro cuestiona la imagen consolidada de Hans Asperger como médico heroico y defensor de la neurodiversidad, mostrando una figura ambivalente: por un lado, un clínico atento a las capacidades singulares de algunos niños; por otro, un profesional que colaboró con el sistema de eutanasia infantil, participando en comisiones y derivaciones que terminaron en la muerte de numerosos pacientes.

Contexto histórico y científico

Sheffer sitúa el surgimiento del autismo en una genealogía que arranca con Eugen Bleuler, quien en 1911 utilizó el término “autismo” para describir el repliegue sobre el mundo interior en pacientes esquizofrénicos adultos. Más tarde, Leo Kanner, ya en Estados Unidos, publica en 1943 “Autistic Disturbances of Affective Contact”, describiendo a niños con aislamiento severo, lenguaje muy limitado y conductas repetitivas, lo que luego se conocería como autismo “clásico” o tipo Kanner.​

De forma casi simultánea, en 1943–1944, Hans Asperger presenta su tesis sobre la “psicopatía autista en la infancia”, proponiendo un concepto más amplio que incluía a niños con lenguaje fluido, escolarización ordinaria y una combinación de torpeza social, intereses restringidos y conductas inusuales. Esta definición permaneció prácticamente ignorada hasta que Lorna Wing la retomó en 1981 con el nombre de “síndrome de Asperger”, contribuyendo a la expansión del espectro autista en las décadas finales del siglo XX.​

La clínica de Asperger y la “inclusión” condicionada

La autora describe la clínica de Pedagogía Curativa del Hospital Infantil de Viena como un espacio que, en apariencia, encarnaba una pedagogía inclusiva: se ofrecían deportes, teatro, música, lectura, y Asperger insistía en atender a cada niño como un ser “único, irrepetible, indivisible”, defendiendo la necesidad de comprensión, amor y orientación para que pudieran encontrar su lugar en la comunidad.​

Sin embargo, Sheffer muestra que esta retórica humanista estaba imbricada en una lógica eugenésica: la inversión de tiempo y recursos se dirigía a quienes se consideraban “remediables” y potencialmente útiles (como ciertos niños con psicopatía autista de alto rendimiento), mientras se desahuciaba a quienes se juzgaba irrecuperables, empujándolos a una red de hogares y pabellones donde el riesgo de maltrato, experimentación y muerte era muy alto.​

Reutiliza, casi sin decirlo, la misma matriz conceptual

La idea central de “trastorno del contacto afectivo” (Autismo) es desarrollada por Frankl; Kanner la retoma casi literalmente en el título de su artículo de 1943 y la propia descripción de su primer caso (Donald Triplett) se basa en informes escritos por Frankl.​

Asperger, por su parte, mantiene la estructura: dificultades de contacto, lenguaje extraño, intereses restringidos, mezcla de capacidades altas y torpeza social, pero le agrega la lectura nazi de “falta de espíritu comunitario”.​

Más que un plagio de un texto concreto, Sheffer habla de una apropiación de un campo de observación construido por otros y de un borrado de aportes previos, favorecido por el antisemitismo y la jerarquía institucional.​

Hans Asperger: ambivalencia y complicidad

Uno de los aportes más contundentes del libro es desmontar la imagen de Asperger como opositor al nazismo que utilizaba el diagnóstico de autismo para “salvar” niños, una especie de lista de Schindler psiquiátrica. A partir de un minucioso análisis de archivos, Sheffer muestra que Asperger formó parte de una comisión que, en un solo día, clasificó a 210 niños de la institución de Gugging, declarando a 35 “incapaces de educación”; todos fueron enviados a Spiegelgrund bajo la indicación “Acción Jekelius”, es decir, orden de matar, y murieron allí.​

Además, el libro documenta múltiples derivaciones individuales realizadas por Asperger desde su clínica o como consultor de diversas oficinas nazis hacia hogares como Pressbaum, St. Josefs y, finalmente, Spiegelgrund, donde niñas y niños eran sometidos a hambre, experimentación y “eutanasia” mediante barbitúricos o abandono, con diagnósticos que hablaban de “inferioridad de casi todos los órganos” o de ser una “carga insoportable” para sus madres. Esta documentación no borra los gestos de apoyo que Asperger tuvo con algunos niños “prometedores”, pero sí obliga a comprenderlos dentro de un patrón de selección entre vidas “valiosas” y vidas descartables.

Género, clase y diagnóstico

Sheffer profundiza en cómo género y clase influyeron en las decisiones diagnósticas. Niños varones de familias cultas, como Fritz y Harro, fueron presentados por Asperger como ejemplos de psicopatía autista “favorable”: brillantes, con lenguaje sofisticado y potencial para carreras técnicas o científicas, merecedores de tutores individuales, currículos adaptados y vínculos afectivos intensos con el personal.​

En contraste, niñas de origen obrero como Elfriede Grohmann y Margarete Schaffer, con conductas muy semejantes de impulsividad, dificultad relacional y fuga del hogar, fueron interpretadas como “carácter antisocial”, “histeria” ligada a la menstruación o simple falta moral, sin el reconocimiento de una posible psicopatía autista, y acabaron derivadas a Spiegelgrund. Mientras a los niños se les atribuían neologismos creativos e inteligencia especial, las expresiones lingüísticas de las niñas se calificaban de “ridículas”, “primitivas” o “manieristas”, reforzando estereotipos de que el autismo era una variante extrema de la inteligencia masculina.

El niño Harro y la figura del “pequeño profesor”

Entre los casos clínicos, Harro destaca como uno de los niños que inspiraron la imagen del “pequeño profesor”: un alumno que, a pesar de sus problemas de disciplina y sociabilidad, fascinaba por sus respuestas largas, eruditas y su forma adulta de hablar. En las pruebas de inteligencia, Harro no seguía las consignas, pero ofrecía explicaciones detalladas sobre temas que le interesaban, como el ciclo de vida de la mosca o la diferencia entre un lago y un río, usando un vocabulario elaborado e imágenes propias, lo que Asperger interpretaba como signo de originalidad cognitiva

Al mismo tiempo, los informes lo describen como aislado, poco expresivo, distante del grupo, con estallidos de ira y conductas consideradas escandalosas (incluso arrastrarse a cuatro patas en clase), rasgos que Asperger leyó como expresión de una “pobreza de Gemüt”, es decir, una supuesta incapacidad profunda para el sentimiento social, Harro encarna así la tensión central del libro: un niño real, con intereses, humor y vulnerabilidad, atrapado en una red de categorías que podían, según la lectura del médico, abrirle puertas o condenarlo

Aporte del libro al estudio del autismo

Sheffer concluye que la historia del autismo no puede separarse de las condiciones políticas y morales en que surgió: la psiquiatría nazi hizo del comportamiento social un criterio de pertenencia nacional, y el diagnóstico de psicopatía autista fue parte de una maquinaria que decidía quién era “reformable” y quién debía ser excluido o eliminado.

El libro invita a repensar el entusiasmo contemporáneo por Asperger como símbolo de neurodiversidad, subrayando que el ensanchamiento del espectro autista en el siglo XX se construyó sobre una historia marcada por la violencia hacia los niños más vulnerables. Al humanizar a las y los menores a través de cartas, dibujos y fragmentos de voz propia, la autora devuelve rostro y nombre a quienes fueron reducidos a diagnósticos, mostrando cómo cada etiqueta clínica tenía el poder de decidir, literalmente, entre la vida y la muerte.

Palabras de Rodrigo Colorado: Se debe tener en cuenta que las ciencias de salud han ido evolucionando y transformándose conforme con respecto a la historia humana, por ejemplo, Michel Foucault, nos hablo de la historia de la salud y los procesos tortuosos al que las personas con trastornos mentales y también gente neurotípica vivieron, el solo hecho de tener rosto de delincuente era considero como un loco, era llevado a un hospital.

La historiadora Edith Sheffer, hizo un esfuerzo con este libro, con fuentes primarias, los estudios en Alemania y nos muestra otra realidad, la historia. No es nada en blanco y negro, es ciencia y cabe destacar que en estos contextos de realidad virtual que está teledirigiendo nuestra dopamina, cuestiones que no tienen que pasar, la comunidad autista, global, debe formarse para ser críticos.

Este libro que es español se llama “Los niños de Asperger”, nos muestra un lado ocultado de Hans Asperger. No se trata de botar monumentos al estilo de la desnazificación en Alemania o descomunización en Rusia que aun perdura, se trata de ir a las fuentes primarias, la comunidad de autistas debe de apoyar a los investigadores de las Ciencias Humanas y Sociales, para que se conozcan censos de pacientes con autismo, que como lo dije hace 6 años, deben abrirse los archivos de cada hospital, para que se pueda escribir en cada país de Hispanoamérica la historia del autismo. Aunque existirán matices, pero como el autismo es amplio, descubriremos muchas respuestas a métodos como ABA y MCHAT, que fueron un hibrido y latinoamericanizados, esta riqueza la deben escribir mas historiadores, antropólogos.

También el personal de salud mental que son los que posibilitan el funcionamiento de cada paciente, el autismo no debe ser un mito, ni idealización, es necesario que se hagan más investigaciones sobre el autismo desde distintas aristas de la sociedad global.

Referencia:
Sheffer, E. (2018). Asperger’s children: The origins of autism in Nazi Vienna. W. W. Norton.

Acerca del autor:

Rodrigo Colorado

Antropólogo y docente-investigador de la Universidad Luterana Salvadoreña. Maestrante de Docencia Universitaria en la Universidad de El Salvador.


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