Psicomotricidad y autismo

La psicomotricidad a pesar de que como disciplina ha ido evolucionando en el transcurso del tiempo ya, muchos profesionales desconocen o tienen un conocimiento limitado de lo que es y puede aportar la psicomotricidad, desde un enfoque integrador y holístico, en el proceso de desarrollo humano, especialmente en etapas infantiles ya que utiliza vías motivadoras, comprensibles y ajustadas al universo infantil, como son las sensaciones, movimientos y juegos, así como las estrategias de ayuda para favorecer el acceso al mundo simbólico y representativo.

¿Qué es la Psicomotricidad?

Daniel Calmels

“La psicomotricidad es una disciplina, producto de la cultura, a la cual le interesa el cuerpo del niño y sus perturbaciones, y toma como objeto particular de estudio el cuerpo y sus manifestaciones”, define el psicomotricista Daniel Calmels.

Según Pilar Arnaiz, a finales del siglo XIX, es cuando se produce un momento crítico que permite un cambio de mirada sobre el ser humano: el paso de un modelo de cuerpo anátomo-clínico a un modelo de cuerpo integrador, donde confluyen los elementos cognitivos, motrices y emocionales. A partir de aquí, diversos autores han aportado ideas, experiencias e investigaciones que nos han permitido ir construyendo una forma de entender la psicomotricidad y de ahí una praxis que pueda dar respuesta a esa realidad de cuerpo total, donde están integradas todas las dimensiones de la persona.

La psicomotricidad, es entonces una disciplina preventiva, educativa y terapéutica, concebida como un diálogo, que actúa sobre la totalidad del ser humano a través de las sensaciones, movimientos, juegos y su posterior representación, con la finalidad de que el individuo establezca una relación positiva consigo mismo, con los objetos, con el espacio-tiempo y con los demás.

¿Que distingue a la psicomotricidad de otras disciplinas que se ocupan del cuerpo?

La respuesta es: su formación personal corporal.

Pilar Arnaiz

De acuerdo con las aportaciones de Lapierre (1982) y Aucouturier (1985) el Psicomotricista debe tener capacidad de escucha, ser compañero simbólico implicándose en la actividad de la sala y ser símbolo de la ley, límite entre la realidad y la fantasía. Ha de ser sensible a la emoción de la persona, pero sin dejarse invadir por ella, ayudándole a evolucionar a partir de la relación afectiva que se produce.

La mayoría de autores apuntan al cuerpo y al movimiento como los contenidos esenciales y específicos de la psicomotricidad. Inicialmente, en el tratamiento psicomotriz prima el movimiento, motivo por el cual se asume el término de psicomotricidad. La evolución del concepto instrumental del movimiento y del tratamiento sintomático hacia una concepción global y hacia el tratamiento causal y global y el incremento de las aportaciones psicodinámicas que esto comportaba trasladan el acento de lo motriz a lo corporal, instrumentalizando el movimiento en función de la relación, la afectividad, el mundo imaginario. Un cuerpo considerado como imagen corporal refleja, ante todo, sus elementos cognitivos/práxicos, es decir, su esquema corporal. Pero un cuerpo también se considera un receptáculo de vivencias afectivo-imaginarias, donde la necesidad, el placer, la comunicación o la expresión imaginaria, tienen su lugar.

Intervención psicomotriz en autismo

Cuando se inicia una intervención de ayuda psicomotriz, es muy importante mostrarse respetuoso, acogedor y dedicar las primeras sesiones a observar la relación que establece con su propio cuerpo, con los otros, con los objetos, con el espacio y con el tiempo.

Cuando una persona con autismo ingresa a la sala de psicomotricidad, pondremos especial atención en los aspectos relacionados con la sensorialidad, con el estilo y capacidades relacionales. Según el nivel de afectación en las diferentes dimensiones del desarrollo y las defensas que ha estructurado el niño para compensar la fragilidad en la representación de sí mismo, podemos observar diferentes maneras de relacionarse con el otro y con el entorno. La estrategia de intervención del psicomotricista siempre estará orientada a crear espacios intersubjetivos con el niño, en algunos casos la estrategia más adecuada para iniciar la relación será el acercamiento corporal, el diálogo tónico, la imitación y, en otros casos, el acercamiento al niño girará en torno a la ordenación del espacio, la presentación de determinados materiales y de su utilización como mediadores para establecer una relación.

La inmadurez psíquica y neurológica no permite que el niño con autismo pueda integrar aquellas sensaciones y emociones que lo invaden. La falta de una representación diferenciada de sí mismo y del otro hace que viva con sufrimiento la separación.

Los niños que no llegan a crear las acciones simbólicas necesarias para su proceso de aseguración profunda manifiestan trastornos de la acción (Aucouturier, 2004). En la sala de psicomotricidad podemos observar, a través de su expresividad motriz, alteraciones de la acción vinculadas a externalizaciones de la angustia de pérdida del cuerpo (Corominas, 1991). A modo de ejemplo:

La angustia de falta de límites: Producida por la falta de integración y de diferenciación de los límites corporales.

Para compensar esta falta de límites corporales el niño busca continentes, espacios cerrados, límites para su cuerpo, se coloca bajo los colchones para sentir presión sobre todo el cuerpo, contención, el movimiento es continuo, sin una estructura de tiempo y de espacio. En algunas ocasiones, este malestar hace que los niños eviten el contacto con los demás, se nieguen a quitarse la ropa por el malestar que les produce la fragilidad en la consciencia de sus límites corporales.

¿Qué vivencia el niño con autismo desde su cuerpo?

La angustia de caída: Producida por el miedo a perder los referentes corporales. Cuando aparece una ruptura tónica, un cambio de postura que el niño no ha podido anticipar. Suelen presentar una hipertonicidad de base, dificultades de equilibrio, rigidez, en algunos casos manifiestan miedo al salto en profundidad, a la caída sobre materiales blandos, suelen caminar de puntillas y corren desequilibrados hacia adelante. Además podemos observar fluctuaciones tónicas que oscilan entre la hipertonía y el abandono tónico.

La angustia de fragmentación: Producida por la falta de continuidad en la integración de las sensaciones corporales y por la vivencia desbordante e indiferenciada de las emociones. Podemos observar niños que se desorganizan cuando se golpean o se caen, se quedan paralizados o pueden llorar desesperados. En ocasiones, los niños proyectan la angustia de fragmentación sobre los objetos manifestando temor porque estos puedan explotar. La comprensión de estas vivencias tan arcaicas, relacionadas con un nivel de madurez evolutiva anterior a la permanencia del objeto, remite a una intervención de ayuda psicomotriz basada en el reaseguramiento de las experiencias de interacción más tempranas; por lo tanto, en primer lugar, acogeremos la expresividad motriz del niño para, posteriormente y a través de estrategias ajustadas, inducir el placer del movimiento compartido, contenido y significado. Se trata de volver a vivir las experiencias registradas como dolorosas o desestructurantes de manera satisfactoria a partir del establecimiento de una buena relación adulto/niño.

“La ayuda psicomotriz supone poner en marcha con y para el niño una intervención que se refiere a la etapa anterior a la permanencia del objeto. La movilización tónico-emocional, la movilización del imaginario, se sitúan en este nivel de intervención (Aucouturier, 2004)”.

La especificidad de la intervención de ayuda psicomotriz se halla en el encuentro con el otro en un estado arcaico que pone en juego todos los procesos de transformación anteriores a la aparición del lenguaje. Los principios de interacción, los objetivos que fundamentan la intervención de ayuda psicomotriz con niños con trastornos graves del desarrollo son los mismos que los dirigidos a los niños con un desarrollo normal. La diferencia está en que nos encontramos con unas dinámicas evolutivas alteradas e inarmónicas. La intervención y la implicación del adulto deben estar dirigidas al restablecimiento de los procesos de las relaciones primarias que fundamentan la construcción del cuerpo y la mente psiquismo.

La intervención psicomotriz de ayuda individual estaría dirigida hacia las personas que se encuentran en esta situación de dificultad en la interacción y que precisa, para su evolución, de la construcción de una relación de confianza y comprensión que les permita integrar las emociones y dejar progresivamente las estructuras defensivas para una mejor interacción con el otro y con el entorno. En el proceso de construcción y de estructuración del psiquismo infantil, la intervención de ayuda psicomotriz requiere del adulto un sistema de actitudes y unas capacidades de comprensión y de actuación vinculadas a los siguientes conceptos:

La acogida: El adulto debe acoger la expresividad del niño en su exceso o inhibición, sin sancionarla, debe poder contenerla y acompañarla hacia procesos de evolución y de significación.

La relación tónica: Los niños que no han accedido al lenguaje ni al pensamiento verbal están instalados en una vivencia hecha de connotaciones tónico-afectivas y emocionales no conceptualizadas. Para comunicarnos con niños muy pequeños o con alteraciones del desarrollo, es necesario utilizar un lenguaje corporal, psicomotor y psicotónico, volver a crear situaciones afectivas y emocionales seguras en el diálogo con el cuerpo del otro (Lapierre y Aucouturier, 1980). Conseguir un diálogo tónico y gestual es un proceso que precisa la retirada progresiva de las defensas del niño que tienen por objetivo la protección contra la vivencia de fragilidad en la representación de sí mismo.

La consonancia afectiva: El afecto tiene profundas raíces corporales, la consonancia afectiva es un fenómeno esencialmente interactivo (Stern, 2005).

En las primeras relaciones, la madre manifiesta al niño sus afectos a partir de la expresividad corporal y del diálogo tónico; el bebé responde dando un espejo de la emoción. Se puede considerar que estas respuestas tienen un valor de representación de la madre en un contexto de clima interactivo. La capacidad de representación afectiva prefigura la representación del objeto, ésta constituye un aspecto esencial de los procesos tempranos de simbolización (Golse y Bursztejn, 1992).

La resonancia tónico-emocional: Moviliza a la vez las estructuras tónicas y afectivas del niño. Esta movilización vivida desde un marco de seguridad, lo lleva al niño hacia el “querer hacer”, hacia el placer de jugar y a las transformaciones. Esta evolución supone una disponibilidad y un ajuste tónico-emocional necesarios para el acompañamiento del niño en su itinerario madurativo

El espejo simbólico: El psicomotricista, dada la seguridad y la estabilidad de las referencias que representa, ofrece al niño un espejo en el que se juega la ida y la vuelta entre la realidad y lo imaginario. Es un espejo estructurante de la acción del niño, que lo acompaña para dotar de sentido y de continuidad el discurso de su acción. Este espejo se puede dar a través del cuerpo, de la relación tónica o de la palabra (Aucouturier, 2004).

La empatía: Es una cualidad indispensable en el adulto que trabaja a nivel de ayuda psicomotriz. A través de la empatía se pueden sentir las emociones del niño tal como él las vive, pero sin perder la propia identidad, en definitiva, la empatía sería la capacidad de ponerse en la piel del otro manteniéndose en la propia piel (Aucouturier, 2004). La capacidad de empatía y el conocimiento del funcionamiento mental del niño nos ayudan a elaborar hipótesis para proponer estrategias de intervención ajustadas.

El ajuste: La capacidad del adulto de ajustarse en las intervenciones a través del propio cuerpo, de las posturas, de la voz, de la proxémica, del lenguaje gestual, de las propuestas de acción, de los objetos que se proponen como intermediarios de la relación, de la contención a través de la palabra… todo ello es indispensable para crear un entorno de seguridad que permita la creación de vínculos y la interacción con el niño.

La capacidad de transformación: El adulto debe dejarse transformar por la emoción del niño, por sus acciones. Los movimientos del niño se volverán acciones significativas a partir de la significación y de la emoción compartida con el adulto, la repetición de las experiencias de placer sensoriomotriz son una expresión de la vivencia de unidad corporal, dado que el niño puede conectar las sensaciones corporales con los estados tónico-emocionales. Esta sensación de unidad, vivida en primer término con el adulto, puede ser vivida después en ausencia del otro, a través de una reactualización de los recuerdos. Cuando el niño quiere repetir la acción que le ha producido placer compartido se debe programar a nivel práxico, organizarse en el espacio; este proceso favorecerá un nuevo nivel de consciencia que dará origen al surgimiento de un yo corporal (Benincasa, 1999).

La capacidad de interacción: El adulto debe partir del principio de que el niño interactúa con el medio con unos recursos y con un estilo expresivo determinado. Esta acción del niño debe modificar el comportamiento del adulto, el niño debe sentir que, a través de su voz, de su mirada, de su acción, tiene la capacidad de transformar al otro, al exterior.

Cuando el niño vive con seguridad estas transformaciones puede aceptar que el mundo es alterable y modificable y empezar a vivir con placer la relación y las experiencias sensorio-motrices.

El placer sensoriomotriz: El psicomotricista debe vivir el placer sensoriomotriz como unificador de la experiencia del niño, debe tener recursos para facilitar situaciones donde el niño pueda experimentar, de manera ajustada a sus posibilidades y necesidades, experiencias integradoras. En la vivencia del placer sensoriomotriz se crea una unión entre las sensaciones corporales y los estados tónico-emocionales que permiten el establecimiento de una vivencia de globalidad. El psicomotricista debe ser sensible a los cambios tónicos del niño para captar las situaciones que le pueden producir displacer o inseguridad, su formación personal le permitirá ajustar y modificar las propuestas en función de los indicadores corporales que vaya captando en la expresividad motriz del niño.

El cuerpo del adulto como lugar simbólico: El niño puede recrear, actualizar, situaciones arcaicas de maternaje, de demanda de cuidados del adulto, o bien, manifestar conductas cargadas de tensión y de agresividad. El adulto debe saber acoger y hacer evolucionar estas situaciones hacia un registro simbólico a partir de la contención y de la elaboración de la vivencia.

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ACERCA DEL AUTOR:

Por Luis E. García. Licenciado en psicomotricidad egresado en la Universidad Provincial de Córdoba – Argentina. Psicomotricista en Fundación Ángeles de Cristal Trelew-Chubut- Argentina.

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